Cuando tenía 8 años mi padre, -quizás porque no nadaba en la abundancia- me dio a elegir entre tomar la comunión con todos los regalos que ello conlleva, o bien el me regalaba directamente un reloj de pulsera. Según mi padre que te regalen un reloj no era una buena razón para tomar la comunión. Yo elegí reloj…
Cuando me llegó la edad y me tuve que casar, en total coherencia con mi forma de pensar, lo hice por lo civil; y lo crean o no, mi mujer y yo fuimos la única pareja 100% española que se casaba en el juzgado ese día.
A pesar de mis creencias, o mejor dicho de la falta de ellas, jamás se me ha ocurrido cuestionar la fe de otro. Ya sea católico, musulmán o budista, ya crea en una vida mejor en el paraíso o en la reencarnación. Y no lo hago porque bajo mi punto de vista, poner en cuestión la fe de otro es de ser un cretino. La fe trata precisamente de eso, de creer en algo que no es tangible y no se puede ver; se trata de esperanza. Además, pienso que la fe católica, conlleva una serie valores muy deseables, que desgraciadamente, están cayendo en desuso en la sociedad actual.
Por eso escribo estas líneas, porque estos días he sentido vergüenza ajena al ver el comportamiento mezquino de una parte de la sociedad española que ha promovido una manifestación laica coincidiendo con la visita del Papa; como también me ha avergonzado ZP al no haber sido capaz siquiera de despedirse del Papa. En mi opinión, Nuestro Gran Timonel se a comportado una vez más como el cretino que es.


